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viernes, 11 de marzo de 2011

Fiebre geométrica

En 1.980, un arquitecto húngaro, Erno Rubik, tan introvertido como ingenioso, arrasó en todo el planeta con un endemoniado cubo compuesto de otros pequeños cubos, que había que ordenar por colores.

Estos pequeños dados rotan sobre si mismos y cada cara tiene un color distinto, cuando está desordenado es una salpicadura de colorines, para algunos horribles, plásticos, chillones, pero este cubo no sólo es un juego martirizante, es un artefacto que posee algo inquietante, desasosegador, como si en su fondo alojara una información capaz de rozar nuestra alma.

Según algunos estudios científicos, en los episodios de fiebre muy elevada, y con más frecuencia en los niños, los enfermos suelen padecer delirios geométricos. Y de esta forma, su cerebro se puebla de imágenes tridimensionales con las formas elementales euclidianas, asfixiantes poliedros en lenta rotación, cubos que se deslizan por el espacio, triángulos que danzan con malévola arrogancia.

Se diría que el ataque febril consigue sintetizar el dibujo básico de lo que somos, reducirnos a esa estructura original que compartimos con el resto del universo.

Si algún dia los humanos llegáramos a toparnos con un extraterrestre, nos entenderíamos con él mostrándole un cubo de Rubik. El cosmos posee un alma geométrica.



¿Y a quién se le pudo ocurrir un aparato semejante?

El padre de este extraño objeto es, como no, un tipo extraño. Erno Rubik nació en 1.944 en Hungria, su madre era poeta, y su padre ingeniero aeronáutico. Según sus compañeros de universidad era un "chico amargo", introvertido y muy suspicaz. Estudió arquitectura y se hizo profesor de diseño. A los 29 años empezó a montar un cubo de madera formado por otros 26 cubos mas pequeños. Sujetó los componentes con cintas elásticas, pero se rompieron. Lo que buscaba era una manera exacta y elegante de unir los pequeños dados entre si, de modo que manteniendo la forma pudieran girar sobre si mismos. Y resolvió el problema por medio de un delicado mecanismo alojado en el interior del cubo, un verdadero prodigio de la ingenieria.

Una vez conseguido el milagro, Erno, satisfecho, hizo rotar el artefacto unas cuantas veces. Lo que antes era un poliedro perfectamente sereno, con todas las caras de tonalidad uniforme, con apenas unas vueltas se convirtió en un cubo salpicado de colores.

Rubik, cansado de tanta agitación visual, intentó regresar a la calma, a la posición original, y descubrió que no podía. No había manera de volver a los orígenes, cuanto más giraba el dado, más progresaba el caos.

Entonces, se encerró en su cuarto, durante un mes luchó contra el desorden, sin siquiera saber si le sería posible encontrar una salida. Calculó que su cubo tenía 43.252.003.274.469.856.000 posiciones distintas y que solo una de ellas correspondía a la solución. De modo, que como no podía llegar a ella de forma rotando los cubos al azar, ya que si rotaba los dados haciendo 10 movimientos por segundo, tardaría 136.000 años en realizar todas las combinaciones posibles. Solo el poder del pensamiento y los cálculos matemáticos podrían resolver lo irresoluble, de manera que Rubik pensó y pensó, durante un mes.

Y al final de su encierro, salió del cuarto con el cubo en la mano, un cubo nuevamente monocolor en todas sus caras, tan hermoso y ordenado como una idea platónica.

Rubik había conseguido regresar al paraiso.

Rubik consiguió amansar y equilibrar, separando ordenadamente los colores, de la misma forma que Dios domesticó el caos original, separando la luz de las tinieblas.